No es nada, es un suspiro.

domingo, 9 de diciembre de 2012

La fiera de mi niña


Después de todo este recorrido, me he dado cuenta de que es ella. Si la conociérais como yo, sabríais que es ella de la que hablan todas las canciones, en la que se basan todos los guiones. Con su singular forma de vestir, se encarga hacer que todo parezca más puro y más sencillo, y tiene esa brisa que lleva siempre consigo, por si te quedaras sin aire cuando se te acerca. Lo sé todo sobre ella. Sé cómo la miran cuando pasea como si supiera siempre dónde está, cómo roza cada tecla cuando escribe y parece que fuera la primera vez que se le ocurre un trozo de prosa y se muriera por redactarlo en cualquier lado. Si hubiérais visto sus sonrisas incompletas, sabríais que las medias lunas no son más que luces sin importancia, y es que ella no permite jamás que la eclipsen; por eso se dedica a robarle el protagonismo a los cuerpos celestes.
Si la oyéseis cantar, sabríais de qué os hablo. Cuando utiliza su vocecilla aguda, suave, y canta baladas que la delatan, porque actúa como si nada le importara, pero solo yo sé cuán enamorada está y la forma en la que sabe querer. Y creédme que quiere como nadie lo hace.

Después de todo este recorrido, me he dado cuenta de que es ella. Nunca se sabe qué va a hacer, cada día se inventa unos planes de futuro nuevos, cada noche decide que quiere viajar a un país diferente y solo llevarse una cámara consigo, un cuaderno y unos cuántos lápices para poder escribiirme cartas y mandármelas. O no. Y es que siempre da por hecho que no estaremos juntos para entonces. Lo que ella no sabe es que yo no podría dejar de quererla jamás, porque ha calado en mi cuerpo, como cuando cala la nieve en unos guantes de lana. Así, ella busca atajos hacia la felicidad, y yo la sigo por el camino largo, con la esperanza de que nos encontremos al final, cuando todo se acabe y el resto del mundo no signifique nada. Pero el mundo tiene demasiado sentido para ella por ahora, por eso se enfada una o dos veces al día, desgarra todo lo que pasa por delante de sus ojos. A veces, llora enfebrecida, se defiende, y no le importa arrasar con todos los que la han querido alguna vez. Pero siempre aparezco yo para calmarla. Porque, como ya he dicho antes, lo sé todo sobre ella. Sé como se trata a las fieras. O por lo menos a la fiera de mi niña. Sé, por ejemplo, que no hay que arrancarle explicaciones jamás, ni hablar cuando te mira con la boca entreabierta, por si acaso quiere decir algo y la interrumpes, porque entonces nunca sabrás lo que iba a decir.

Después de todo este recorrido, me he dado cuenta de que es ella. Aunque a veces sean sus celos los que hablan y me diga que escoge vivir, que prefiere vivir a estar conmigo, y que así se le note que me ama más que a nadie, aunque eso no le guste un pelo. Sé que a veces piensa en cómo sería su vida sin mí y cree ingenua que, de no haberme conocido, habría sufrido menos. Al rato siempre se percata de que dejarme marchar sería peor, y es capaz de herirse a sí misma para que no me vaya. Entonces tengo que cogerla entre mis brazos, mientras aprieta sus piernas con fuerza alrededor de mi cuerpo, como pidiéndome que hagamos el amor para ahogar sus penas, porque sabe que eso es más fácil que bajarse al bar a beber. Y si eso pasa, luego me despertaré y ella estará observando cómo duermo, intentará disimular, se sentirá imbécil por quererme así, y otra vez se enfadará consigo misma. Y yo estaré, una vez más, recogiendo los pedacitos de su corazón para que ella no los pierda.

Después de todo este recorrido, me he dado cuenta de que es ella. Es mi chica. La de ayer, la de hoy y la de siempre. Así es. Y, bueno, permanecer en su vida es un tanto laborioso e ilógico, pero es que lo sé todo sobre ella. A pesar de las diarias contiendas, los revolcones fruto de su rabia, los poemas que esconde y siempre acabo encontrando, a pesar de su inagotable sarcasmo e insaciable ira, y de su insistencia en que el mundo sería un lugar mucho más tranquilo sin que ella estuviera en él, es mi chica.

Y creédme, es un placer poder quererla.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Memorias desde el corazón de Berlín

Siempre digo que no me gusta que mi vida se divida en horas o días, sino por capítulos. El de hoy, en concreto, exige narración.

Esta noche en Berlín hemos disfrutado de una leve lluvia que ha provocado que los ciudadanos decidieran buscar cobijo en sus casas. O quizás en los brazos de alguien.
Mientras tanto, yo me he decidido por recorrer el canal repleto de cisnes, luces y césped recién cortado que pasa por Kreuzberg. Las bicicletas pasaban por las ínfimas charcas de la desigual calzada y he pisando casi todos los resbaladizos adoquines de la zona. 

Me dí cuenta de que está empezando a hacer un frío considerable, por eso he ido vagando por ahí con las manos en los bolsillos, bajo los puntiagudos edificios que este distrito ofrece.
Por unos minutos, me he convertido en una especie de exégeta de todas las pintadas típicas de esta ciudad, intentando entender las huellas que tantos jóvenes han ido dejando por las paredes del lugar.

Los paisajes desconocidos y los carteles en otro idioma tienen cierto atractivo que me ha tenido evadida del resto de la gente; todas esas caras anónimas que me miraban como dando por sentado que soy una extranjera más. Pero no lo soy. Los extranjeros se comportan como tal hasta cundo están en su propio país. Y yo solo soy una chica atenta a ciertos detalles que muchos pasarían por alto, una especie de poetisa redimida que encuentra su inspiración en las cosas más insignificantes. Una joven que escribe en dos únicas situaciones: cuando está enamorada o dolida. Pero hoy no siento dolor.

Supongo que será por eso que soy la única que se va fijando en la leve lluvia y en el frío que ha empezado a hacer estos días. Puede que sea porque el resto de ciudadanos ha decidido buscar cobijo en sus casas, o quizás en los brazos de alguien, y mientras tanto yo me he decidido a pensar en ti. 
Sobre todo cuando he llegado a mi portal y he sacado las manos de los bolsillos. Estaban frías, como si las hubiera ido balanceando por ahí al pasear.   

Pero no me ha extrañado nada, porque ya sabéis lo que dicen: "manos frías, corazón caliente". Y, como estoy viviendo en un país bastante gélido, tengo que darte las gracias por no dejar que mi alma pase frío en ninguno de los capítulos de mi vida.

martes, 25 de septiembre de 2012

¿Qué clase de hombres quedan en este siglo?


Hoy me gustaría hablaros, como reza el título, del hombre del siglo XXI. El que afortunadamente puede, ahora más que nunca, regirse por sus instintos sin que nadie se lo prohíba. Puede hacer lo que quiera, pero muchos no han desarrollado ciertos patrones de comportamiento relacionados, por cursi que pueda sonar, con el amor y la actitud. He aquí lo que, para mí, es un hombre “desechable” de este siglo:

Ese hombre que se sienta por las tardes en la barra del bar de mediopelo de su barrio para escapar de las tareas que su mujer le pide que haga, y se deja hipnotizar por el trasero de alguna camarera extranjera y exótica que le regala las sonrisas que le sobran. También está aquel hombre de hoy en día que se levanta antes que el diablo, se viste de un traje que vale más que sus propias ideas, y se marcha porque se ha acordado de que es su aniversario de boda, sin despedirse de muchacha de turno que sigue en su cama y de la que, por supuesto, no volverá a saber nada. Un hombre que abre los ojos para mirar qué día es solo por si tiene que buscar excusa para que no le echen del apartamento por impago, y, sin molestarse por quitarse el cúmulo de legañas que acostumbra a tener, cierra la persiana y se recuesta en la desaliñada cama en la que se maldice por la vida que lleva; sin salir de esa cárcel que es su casa y en la que siempre lleva, como un presidiario, el uniforme a rayas que dibujan las sombras de la persiana a medio cerrar. Cómo no, existe también el patriarca de la familia ordinaria: unos cuantos críos, una mujer a la que no le encuentra el atractivo después de veintiséis años de matrimonio, y un sueño sin cumplir que se ha convertido en afición y por eso hace trucos de magia para que sus hijos se duerman cada día cuando llega a casa de vender unos vehículos que ni siquiera le gustan.

Pero no os alarméis.
Los humanos, como animales, tenemos diferentes instintos, y es por ello que hay una gran variedad de personalidades.
Con esto quiero decir que también existe una clase de hombre que está deseando llegar a casa y no se para en el bar de su calle. Aquel que se levanta antes que el diablo, pero todos los días con la misma mujer, y le deja el desayuno en la mesilla de noche porque sabe que los aniversarios no tienen por qué ser más importantes que el resto de los días con ella. Es ese que abre la persiana nada más salir el sol y repasa sus objetivos, que sabe que cumplirá, por difíciles que se presenten. Un hombre que mira a su mujer y sus hijos y piensa que “para qué pedir más”, si es todo lo que necesita. Por eso, se dedica a hacer espectáculos de magia de vez en cuando para sus hijos y sus amigos, como siempre había soñado.

Y es que en esta vida, amigos míos, todo llega, y cuando le encontréis, lo sabréis a la primera. Pero alguien dijo que “lo bueno se hace esperar”.

Y razón no le faltaba, ¿verdad?

martes, 11 de septiembre de 2012

Aspectos no fisionómicos del corazón y otros misterios sin resolver


Escribí por ahí una vez, no recuerdo dónde ni por qué, que lo mejor para evitar cualquier enfermedad del corazón es evitar al corazón mismo. Olvidar que existe el alma. Pero hay cosas, siento deciros, que el cuerpo no puede esquivar.

La curiosidad y la lectura me han instruído sobre varios matices que la mente, muchas veces, no sabe controlar: véase el cariño. Creo que es uno de los pocos sentimientos útiles y nada efímeros; sirve también como combustible para la vida, siempre que no paséis de esa fase, claro está. Que sí, que podemos cambiar a ciertas personas con las sábanas y ya está, pero como os saltéis esa línea que separa el áspero cariño del amor, estáis jodidos.

Doy por hecho que todos sabéis controlar la mayoría de vuestras acciones, pero hay ciertas cosas -como eso que os explicaban en el colegio de las acciones voluntarias e involuntarias-, ciertos impulsos que son inevitables para el cuerpo. Amar es uno de ellos. Sí, AMAR, ¿estridente, verdad? Pues sí, estridente y, además, desconocido. No os discuto que la Real Academia haya elaborado un significado para esa palabra. Bien, puede que haya catorce acepciones en el diccionario sobre lo que es el amor, pero apuesto a que ninguno de vosotros coincidiría al describirlo. Y es que el amor, para empezar, es algo incierto, una sombra de la que nadie se escapa, una especie de delincuente abstracto que no puede ponerse bajo control y por eso tantos nos escabullimos de él.

Pero llega un día en el que se os agita el corazón y no podéis evitar florecer por dentro, y habéis caído. Entonces, no os quedará otra que someteros a ello y esposaros a sus consecuencias, nefastas probablemente, pero consecuencias ligadas a un sentimiento contra el que no podéis luchar.

Con esto os quiero decir, que para escapar del amor solo hace falta no tener corazón, y como eso es imposible, aquí no se salva nadie.

Ni siquiera yo.

domingo, 17 de junio de 2012

A ti, Madrid

Supongo que hay un momento en tu vida y digo momento como término amplio: un día, un minuto o un segundo— en el que adviertes que no sabes lo que quieres, pero sabes dónde. Ese momento, en la narración de mi, por ahora, exigua vida, es este.

Madrid es una ciudad que ha recibido lo mejor de mi persona, ha erigido en mí una mujer que sabe por dónde caminar, que sabe hacia dónde mirar cuando los de al lado están confundidos. No puedo dejar de mencionar las turquesas aguas entre las que he crecido y la sal que se convierte en un añadido más de la piel de aquellos que de allí provenimos. Es cierto, no puedo olvidar mi isla. Pero Madrid ha ejercido de instructora, y le aplico un género femenino porque esta ciudad representa para mí una clase de parienta, una abuela: algunos llaman madre a la naturaleza; otros, prefieren llamar padre al tiempo. Yo creo que una ciudad puede, como una abuela, exhibir sus cicatrices, vivencias y otros relatos de su vida, así como compartir didácticas moralejas.

Puedo decir, sin contenerme, que soy una mujer gracias a lo que esta ciudad me ha dado, y es que tengo los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros. Sin dejar de tener sueños, por supuesto.

Recuerdo cuando pusieron en Plaza de España ese paseo de las estrellas... no me hablen de estrellas si no han ido caminando por el Templo de Debod después de una de las magníficas puestas de Sol que esta ciudad ofrece, entre gente que parece haberse escapado de los ochenta. Todos tus rincones tienen sentido, y tus calles música, como si caminara al son de una banda sonora de Morricone. Aunque a veces me siento en el Palacio a escuchar al saxofonista que tan bien sabe tocar Volver.

Gracias, Madrid, por acogerme entre tus brazos de otoño cuando estaba perdida a mi llegada al este de tu cuerpo. Gracias también por esos afortunados encuentros en tus calles Austrias, por dejarme morar en más de uno de tus barrios, por recordarme que Gran Vía es la avenida perfecta para dejar de llorar y avivar, en cambio, mi gallardía.

Supongo, además, que hacemos de una ciudad lo que quiere que esta represente en nuestros recuerdos cuando nuestras sienes plateen. Te aseguro, Madrid, que volveré a dedicarte líneas cargadas de afecto y que serás siempre mi lecho, el cauce en el que acabarán mis más memorables instantes.

lunes, 21 de mayo de 2012

La adversidad de la tormenta

Esta noche, la lluvia reposa sobre los tejados de Madrid,
por encima de una juventud desconcertada por los bancos y gobiernos,
llevándose consigo parte de la polución de esta ciudad tan concurrida,
por la que tantos peregrinos pasamos,
de la que tantos caminantes nos asimos.

Esta noche, la lluvia reposa sobre los tejados de Madrid,
ni los generosos aguaceros han hecho que los civiles se escabullan,
y he podido notar secuelas de la Movida Madrileña:
pitillos desgarrados, carmín extinguido, algún que otro séptum,
y azotadores aires nostálgicos.

Esta noche, la lluvia reposa sobre los tejados de Madrid,
para los desdichados, febril oscuridad de lluvia,
para los amantes, lujuriosa velada de rocío,
para mí y los míos, melódica tarde de repiqueteo en las ventanas,
de luces que se escapan del techo del mundo.

Esta noche, la lluvia reposa sobre los tejados de Madrid,
y te metes en la cama y te preguntas el puto porqué de estar solo en un día como este,
faltan pies fríos junto a los tuyos bajo las sábanas,
falta pedirle a alguien que vuelva al sofá y a la mierda con la calefacción rota.

Hasta que te das cuenta de que lo has escogido tú y te conformas con las gotas que oyes,
porque sabes que no estás solo,
porque sabes que la lluvia reposa sobre todos los tejados de Madrid,
incluido el tuyo.



martes, 17 de enero de 2012

Eso me pasa por leer cosas de Neruda y Luis Cernuda.

De Aranjuez a Madrid en autobús hay un trayecto de unos 45 minutos que hoy he malgastado recitando poesía y prosa poética en voz baja. En mitad de mi sensiblera labor de pérdida de tiempo, he sentido cómo varios ojos se clavaban en mi nuca y otros en mi boca, pues las miradas venían proyectadas desde diversos ángulos.

Nunca me ha gustado sentirme observada en mis momentos de declive emocional, cuando no soy más que un cuerpo que no responde a los estímulos del exterior. Por ese motivo dejé de lado a los "espectadores" y sucumbí a la represión de mis pensamientos para poder, así, hacerlo en privado.

Al bajar del autobús, yo y mi incesante lluvia de malas ideas, nos limitamos a respetar el semáforo del paso de peatones junto a la muchedumbre que esperaba ansiosa a que apareciera la luz verde para poder abalanzarse sobre la carretera y así acudir estresados a cualquier sitio. Como es de costumbre en esta ciudad.
Fue en ese instante cuando se me acercó un chico de voz juvenil y me expresó lo preciosa que pensaba que yo era.
Como si nada hubiera escuchado, caminé hasta mi casa meditando acerca de qué podía ser lo que le hacía pensar a esa persona que yo soy "preciosa". Quizás había sido el singular impulso que me hacía leer poesía en el autobús, o que se me viera con la mirada desorientada y apretando los puños como evitando que algunas situaciones se me escaparan de las manos. Quizás simplemente quería hacer sentir feliz a la chica de los sueños rotos que sollozaba a escondidas en el autobús.

En muchas ocasiones, este tipo de escenas sucede para que aprendamos a hacer balanza entre aquello que merece la pena y aquello que, por el contrario, hay que apartar en un viejo cajón de lecciones. Yo he optado por la segunda opción, y es que son tantos los momentos difíciles en una vida tan corta, que no me salen las cuentas.
Deberíamos decirles a aquellos a los que amamos cuán bellos y "preciosos" son en realidad, pero se nos olvida. Puede incluso que en algún lugar haya una persona esperando a que le digas lo especial que es para ti, que ese momento nunca se presente y que esa persona se marche por pensar que no estuvo a la altura.

O puede que se tenga que conformar con ir recitando poesía en el autobús.
Poesía de algún autor que un día sí tuvo el coraje de recordarle a otra persona lo bella que era.

miércoles, 11 de enero de 2012

"Go on and take it all with my love".

Who wants to run fast as air if no line is at the end?
Who wants to sleep all day if you woke up when everybody slept?
Who wants to meet her lips if she won't fit the mold you're in?
Who wants to get drunk or stoned if life itself is sobering?
Who wants to give up on love if it's what life is for?
If it's where we came from, if it's the wold's core.

Who the hell would give up on love if it wasn't you?
You,
who runs faster than I,
who sleeps and not sees.
You,
under the influence of everything but me,
whose feet are cold but needs no sheets.
You,
who always wins, who loves no more,
who says to know it all but lives asleep.

But the day will come
when you wake up in the twilight
while the lights go off and no sounds are heard,
when your feet meet the cold
and there's nothing but your soul
your heavy heart and eyes alone
noticing that I am gone...

You'll have won again.

You'll have luckily won the ability to open your eyes
for the next worthy passenger
who's not me anymore.