No es nada, es un suspiro.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Cartas a tu paso

Me gustaría hablar de ti como lo hace un poeta:
contar que eres como un trueno ensordecedor,
una explosión que deja huellas mudas en los oídos.

Decir que verte es como un impacto frontal,
o la bofetada que da una mano gélida.
Contigo mi instinto es como el de los lobos; 
quiero desgarrarte la piel a dentelladas 
y disfrutar del festín de tu cuerpo 
y de la dulce crueldad de tu sexo.

Tu paso por mis días es como una trágica y frustrada melodía 
que nunca escucharán otros oídos que los míos.
Cuando te marchas solo queda ruido
una vajilla que se rompe,
una botella que se descorcha…
un solo de batería.

Tu presencia es colosal y tu mirada, formidable, 
tus luceros se clavan en mi pecho como agujas metafóricas.
La inexistencia de tus besos es una afilada estalactita sobre mis pies descalzos 
y la lejanía de tus manos es la soga en la que pierdo el equilibrio.

Me gustaría hablar de ti como lo hace un poeta: 
más artística, más profunda, 
pero menos cierta.

Menos acertada porque has llegado con la delicadeza e influencia ciega
con la que lo hace la primavera
con efecto más sordo que sórdido,
como una voz que susurra,
como un relámpago lejano.

Como un pequeño corte de papel en el dedo,
una ducha de agua medio fría,
un empujón del viento.
Como una mano decente de naipes,
una breve turbulencia,
una fugaz tormenta.

Me gustaría hablar de ti como lo hace un poeta,
pero no sé reflejarte en letras,
y se me dan mal los versos.

jueves, 19 de septiembre de 2013

VII


Los primeros días que pasamos juntos, siempre atravesábamos el mismo puente y veíamos los cisnes manifestar su grandeza por las gélidas aguas del canal.
Emanábamos electricidad de nuestras ganas de vivir y no sabíamos contenernos. No pertenecíamos a este mundo. No. Éramos híbridos que se encontraban aquella noche en la misma sala, dedicándose el uno al otro la misma mirada... impregnados por la magnificencia de la noche.

Yo lo admiraba, ¿sabéis?, se desgarraba el alma por ser bondadoso y, sobre todo, correcto. Yo siempre he sido más bien lo contrario. Pero a él no le importaba, qué va... aparecía en mitad de la noche y me encontraba hecha pedazos, torturándome. Y me recomponía; tomaba uno por uno los pedacitos y los iba uniendo en cuestión de horas. Me decía un par de veces al día lo bonita que era, me acariciaba el rostro y el pelo como aquél que toca una figura de porcelana cara. Y a mí me hacía gracia, claro, porque como ya he dicho, nunca he sido especialmente buena o correcta, yo necesitaba su fuerza, su sexo cruel. Pero él no era así, y por eso mismo lo admiraba.

A veces me iba, sin certeza alguna de cuándo regresaría, aunque él me seguía cuando podía y, cuando no, me esperaba. Porque más de una vez le dije que su amor me había devuelto un hogar: mi hogar era él. ¡Le estaba tan agradecida!
Siempre supo que yo volvería junto a él, a esconderme en sus robustos brazos, que me protegían del mundo y de mí misma.

Me enseñó a quererme. Os sonará estúpido, pero es algo difícil de aprender, pero supo ser mi maestro, mi amante y mi amigo, alguien con quien conversar cuando los muros de mi casa se hacían cada vez más pequeños y la realidad comenzaba a desvanecerse frente a mí. “Venga, recuesta la cabeza en mi pecho” susurraba, entonces sus latidos le devolvían el sentido a las cosas que me rodeaban.

La inestabilidad que me caracterizaba era algo con lo que él aprenció a vivir; a veces reía y me decía que estaba loca. Y bueno, tenía razón, sí, pero además era libre, y a él le encantaba mi libertad interior, y mi constante indecisión, y mi mente camaleónica… y mi locura.

Porque sabía que los locos son los únicos capaces de amar con locura,

y yo le amaba más que todas las putas a las que él había conocido.


viernes, 4 de enero de 2013

Nacer, amar, morir

Agarro el reloj con los ojos entreabiertos y miro la hora. 3:26 de la mañana. Me ha despertado el estómago; son los nervios los que taladran mis adentros. Acomodo la almohada porque sé que en mitad de la noche no la voy a distinguir de ti, así que la coloco entre mis brazos intencionadamente para disminuir el vacío. Pasan unos ocho minutos con los ojos cerrados hasta que estiro el brazo para coger la botella de agua. Me pregunto por qué tengo siempre dos o tres botellas de agua en mi mesilla de noche en lugar de una sola de algún buen whisky. Cardhu, por ejemplo. Recuerdo que tengo una en el salón y me giro para después darme cuenta de que no estoy dispuesta a levantarme por nada del mundo. Vacilo un instante... "Sí que lo haría. Me levantaría si tocaras en mi ventana. Pero eso no sucederá. No esta noche", me digo mientras miro hacia el techo blanco y uniforme de mi habitación.  ¿Qué me pasa?

La tenue luz y los pinchazos en el estómago hacen que me sienta como quien yace en la camilla de la última y olvidada habitación de un hospital. Decido llevarme al cuello los dedos índice y corazón para comprobar el estado de mi pulso. O incluso para saber si hay latidos. Pero sigo viva. Luego recuerdo que de amor nadie muere... o tal vez sí. Yo creo que sí, pero por dentro.

Me vuelvo a girar y veo un teléfono antiguo que está junto a las inservibles botellas de agua que ya podrían ser de algún buen whisky. Cardhu, por ejemplo. Me dispongo a oír la señal durante unos diez segundos y cuelgo rápidamente. Es poco probable que me haya intentado llamar justo en ese instante, quiero creer.

La vacuidad de mi cama es un agravante más para mi dolor de estómago. Además está el frío. El frío nos vuelve a todos, inevitablemente, muy poéticos. Pero a mí ya no me quedan más poemas que componer, así que enciendo la calefacción con la esperanza de que vengas y la apagues antes de que muera de calor. Aunque la alternativa no parece tan dolorosa.
Te recuerdo y cierro los ojos. Cierro los ojos y te recuerdo. Pero la fe de que aparezcas se escurre entre mis dedos que resbalan por la calefacción que ya está empezando a funcionar. Aunque no para darme calor, sino para matarme. 

Y, mientras me voy quedando dormida, devuelvo mis dos dedos al cuello para comprobar si sigo viva. Así es. Parece que va a ser una muerte lenta, de esas en las que el corazón agoniza y se culpa de haberse abierto en canal aún sabiendo que será desgarrado a dulces dentelladas. 

No estoy hecha para amar, pero eso es algo que él ya sabe desde hace tiempo, porque sabe que para mí amar significa también morir, y no le importó: consiguió que le amara. Ahora, bajo mi condición de moribunda, toca la otra parte.

domingo, 9 de diciembre de 2012

La fiera de mi niña


Después de todo este recorrido, me he dado cuenta de que es ella. Si la conociérais como yo, sabríais que es ella de la que hablan todas las canciones, en la que se basan todos los guiones. Con su singular forma de vestir, se encarga hacer que todo parezca más puro y más sencillo, y tiene esa brisa que lleva siempre consigo, por si te quedaras sin aire cuando se te acerca. Lo sé todo sobre ella. Sé cómo la miran cuando pasea como si supiera siempre dónde está, cómo roza cada tecla cuando escribe y parece que fuera la primera vez que se le ocurre un trozo de prosa y se muriera por redactarlo en cualquier lado. Si hubiérais visto sus sonrisas incompletas, sabríais que las medias lunas no son más que luces sin importancia, y es que ella no permite jamás que la eclipsen; por eso se dedica a robarle el protagonismo a los cuerpos celestes.
Si la oyéseis cantar, sabríais de qué os hablo. Cuando utiliza su vocecilla aguda, suave, y canta baladas que la delatan, porque actúa como si nada le importara, pero solo yo sé cuán enamorada está y la forma en la que sabe querer. Y creédme que quiere como nadie lo hace.

Después de todo este recorrido, me he dado cuenta de que es ella. Nunca se sabe qué va a hacer, cada día se inventa unos planes de futuro nuevos, cada noche decide que quiere viajar a un país diferente y solo llevarse una cámara consigo, un cuaderno y unos cuántos lápices para poder escribiirme cartas y mandármelas. O no. Y es que siempre da por hecho que no estaremos juntos para entonces. Lo que ella no sabe es que yo no podría dejar de quererla jamás, porque ha calado en mi cuerpo, como cuando cala la nieve en unos guantes de lana. Así, ella busca atajos hacia la felicidad, y yo la sigo por el camino largo, con la esperanza de que nos encontremos al final, cuando todo se acabe y el resto del mundo no signifique nada. Pero el mundo tiene demasiado sentido para ella por ahora, por eso se enfada una o dos veces al día, desgarra todo lo que pasa por delante de sus ojos. A veces, llora enfebrecida, se defiende, y no le importa arrasar con todos los que la han querido alguna vez. Pero siempre aparezco yo para calmarla. Porque, como ya he dicho antes, lo sé todo sobre ella. Sé como se trata a las fieras. O por lo menos a la fiera de mi niña. Sé, por ejemplo, que no hay que arrancarle explicaciones jamás, ni hablar cuando te mira con la boca entreabierta, por si acaso quiere decir algo y la interrumpes, porque entonces nunca sabrás lo que iba a decir.

Después de todo este recorrido, me he dado cuenta de que es ella. Aunque a veces sean sus celos los que hablan y me diga que escoge vivir, que prefiere vivir a estar conmigo, y que así se le note que me ama más que a nadie, aunque eso no le guste un pelo. Sé que a veces piensa en cómo sería su vida sin mí y cree ingenua que, de no haberme conocido, habría sufrido menos. Al rato siempre se percata de que dejarme marchar sería peor, y es capaz de herirse a sí misma para que no me vaya. Entonces tengo que cogerla entre mis brazos, mientras aprieta sus piernas con fuerza alrededor de mi cuerpo, como pidiéndome que hagamos el amor para ahogar sus penas, porque sabe que eso es más fácil que bajarse al bar a beber. Y si eso pasa, luego me despertaré y ella estará observando cómo duermo, intentará disimular, se sentirá imbécil por quererme así, y otra vez se enfadará consigo misma. Y yo estaré, una vez más, recogiendo los pedacitos de su corazón para que ella no los pierda.

Después de todo este recorrido, me he dado cuenta de que es ella. Es mi chica. La de ayer, la de hoy y la de siempre. Así es. Y, bueno, permanecer en su vida es un tanto laborioso e ilógico, pero es que lo sé todo sobre ella. A pesar de las diarias contiendas, los revolcones fruto de su rabia, los poemas que esconde y siempre acabo encontrando, a pesar de su inagotable sarcasmo e insaciable ira, y de su insistencia en que el mundo sería un lugar mucho más tranquilo sin que ella estuviera en él, es mi chica.

Y creédme, es un placer poder quererla.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Memorias desde el corazón de Berlín

Siempre digo que no me gusta que mi vida se divida en horas o días, sino por capítulos. El de hoy, en concreto, exige narración.

Esta noche en Berlín hemos disfrutado de una leve lluvia que ha provocado que los ciudadanos decidieran buscar cobijo en sus casas. O quizás en los brazos de alguien.
Mientras tanto, yo me he decidido por recorrer el canal repleto de cisnes, luces y césped recién cortado que pasa por Kreuzberg. Las bicicletas pasaban por las ínfimas charcas de la desigual calzada y he pisando casi todos los resbaladizos adoquines de la zona. 

Me dí cuenta de que está empezando a hacer un frío considerable, por eso he ido vagando por ahí con las manos en los bolsillos, bajo los puntiagudos edificios que este distrito ofrece.
Por unos minutos, me he convertido en una especie de exégeta de todas las pintadas típicas de esta ciudad, intentando entender las huellas que tantos jóvenes han ido dejando por las paredes del lugar.

Los paisajes desconocidos y los carteles en otro idioma tienen cierto atractivo que me ha tenido evadida del resto de la gente; todas esas caras anónimas que me miraban como dando por sentado que soy una extranjera más. Pero no lo soy. Los extranjeros se comportan como tal hasta cundo están en su propio país. Y yo solo soy una chica atenta a ciertos detalles que muchos pasarían por alto, una especie de poetisa redimida que encuentra su inspiración en las cosas más insignificantes. Una joven que escribe en dos únicas situaciones: cuando está enamorada o dolida. Pero hoy no siento dolor.

Supongo que será por eso que soy la única que se va fijando en la leve lluvia y en el frío que ha empezado a hacer estos días. Puede que sea porque el resto de ciudadanos ha decidido buscar cobijo en sus casas, o quizás en los brazos de alguien, y mientras tanto yo me he decidido a pensar en ti. 
Sobre todo cuando he llegado a mi portal y he sacado las manos de los bolsillos. Estaban frías, como si las hubiera ido balanceando por ahí al pasear.   

Pero no me ha extrañado nada, porque ya sabéis lo que dicen: "manos frías, corazón caliente". Y, como estoy viviendo en un país bastante gélido, tengo que darte las gracias por no dejar que mi alma pase frío en ninguno de los capítulos de mi vida.

martes, 25 de septiembre de 2012

¿Qué clase de hombres quedan en este siglo?


Hoy me gustaría hablaros, como reza el título, del hombre del siglo XXI. El que afortunadamente puede, ahora más que nunca, regirse por sus instintos sin que nadie se lo prohíba. Puede hacer lo que quiera, pero muchos no han desarrollado ciertos patrones de comportamiento relacionados, por cursi que pueda sonar, con el amor y la actitud. He aquí lo que, para mí, es un hombre “desechable” de este siglo:

Ese hombre que se sienta por las tardes en la barra del bar de mediopelo de su barrio para escapar de las tareas que su mujer le pide que haga, y se deja hipnotizar por el trasero de alguna camarera extranjera y exótica que le regala las sonrisas que le sobran. También está aquel hombre de hoy en día que se levanta antes que el diablo, se viste de un traje que vale más que sus propias ideas, y se marcha porque se ha acordado de que es su aniversario de boda, sin despedirse de muchacha de turno que sigue en su cama y de la que, por supuesto, no volverá a saber nada. Un hombre que abre los ojos para mirar qué día es solo por si tiene que buscar excusa para que no le echen del apartamento por impago, y, sin molestarse por quitarse el cúmulo de legañas que acostumbra a tener, cierra la persiana y se recuesta en la desaliñada cama en la que se maldice por la vida que lleva; sin salir de esa cárcel que es su casa y en la que siempre lleva, como un presidiario, el uniforme a rayas que dibujan las sombras de la persiana a medio cerrar. Cómo no, existe también el patriarca de la familia ordinaria: unos cuantos críos, una mujer a la que no le encuentra el atractivo después de veintiséis años de matrimonio, y un sueño sin cumplir que se ha convertido en afición y por eso hace trucos de magia para que sus hijos se duerman cada día cuando llega a casa de vender unos vehículos que ni siquiera le gustan.

Pero no os alarméis.
Los humanos, como animales, tenemos diferentes instintos, y es por ello que hay una gran variedad de personalidades.
Con esto quiero decir que también existe una clase de hombre que está deseando llegar a casa y no se para en el bar de su calle. Aquel que se levanta antes que el diablo, pero todos los días con la misma mujer, y le deja el desayuno en la mesilla de noche porque sabe que los aniversarios no tienen por qué ser más importantes que el resto de los días con ella. Es ese que abre la persiana nada más salir el sol y repasa sus objetivos, que sabe que cumplirá, por difíciles que se presenten. Un hombre que mira a su mujer y sus hijos y piensa que “para qué pedir más”, si es todo lo que necesita. Por eso, se dedica a hacer espectáculos de magia de vez en cuando para sus hijos y sus amigos, como siempre había soñado.

Y es que en esta vida, amigos míos, todo llega, y cuando le encontréis, lo sabréis a la primera. Pero alguien dijo que “lo bueno se hace esperar”.

Y razón no le faltaba, ¿verdad?

martes, 11 de septiembre de 2012

Aspectos no fisionómicos del corazón y otros misterios sin resolver


Escribí por ahí una vez, no recuerdo dónde ni por qué, que lo mejor para evitar cualquier enfermedad del corazón es evitar al corazón mismo. Olvidar que existe el alma. Pero hay cosas, siento deciros, que el cuerpo no puede esquivar.

La curiosidad y la lectura me han instruído sobre varios matices que la mente, muchas veces, no sabe controlar: véase el cariño. Creo que es uno de los pocos sentimientos útiles y nada efímeros; sirve también como combustible para la vida, siempre que no paséis de esa fase, claro está. Que sí, que podemos cambiar a ciertas personas con las sábanas y ya está, pero como os saltéis esa línea que separa el áspero cariño del amor, estáis jodidos.

Doy por hecho que todos sabéis controlar la mayoría de vuestras acciones, pero hay ciertas cosas -como eso que os explicaban en el colegio de las acciones voluntarias e involuntarias-, ciertos impulsos que son inevitables para el cuerpo. Amar es uno de ellos. Sí, AMAR, ¿estridente, verdad? Pues sí, estridente y, además, desconocido. No os discuto que la Real Academia haya elaborado un significado para esa palabra. Bien, puede que haya catorce acepciones en el diccionario sobre lo que es el amor, pero apuesto a que ninguno de vosotros coincidiría al describirlo. Y es que el amor, para empezar, es algo incierto, una sombra de la que nadie se escapa, una especie de delincuente abstracto que no puede ponerse bajo control y por eso tantos nos escabullimos de él.

Pero llega un día en el que se os agita el corazón y no podéis evitar florecer por dentro, y habéis caído. Entonces, no os quedará otra que someteros a ello y esposaros a sus consecuencias, nefastas probablemente, pero consecuencias ligadas a un sentimiento contra el que no podéis luchar.

Con esto os quiero decir, que para escapar del amor solo hace falta no tener corazón, y como eso es imposible, aquí no se salva nadie.

Ni siquiera yo.

domingo, 17 de junio de 2012

A ti, Madrid

Supongo que hay un momento en tu vida —y digo momento como término amplio: un día, un minuto o un segundo— en el que adviertes que no sabes lo que quieres, pero sabes dónde. Ese momento, en la narración de mi, por ahora, exigua vida, es este.

Madrid es una ciudad que ha recibido lo mejor de mi persona, ha erigido en mí una mujer que sabe por dónde caminar, que sabe hacia dónde mirar cuando los de al lado están confundidos. No puedo dejar de mencionar las turquesas aguas entre las que he crecido y la sal que se convierte en un añadido más de la piel de aquellos que de allí provenimos. Es cierto, no puedo olvidar mi isla. Pero Madrid ha ejercido de instructora, y le aplico un género femenino porque esta ciudad representa para mí una clase de parienta, una abuela: algunos llaman madre a la naturaleza; otros, prefieren llamar padre al tiempo. Yo creo que una ciudad puede, como una abuela, exhibir sus cicatrices, vivencias y otros relatos de su vida, así como compartir didácticas moralejas.

Puedo decir, sin contenerme, que soy una mujer gracias a lo que esta ciudad me ha dado, y es que tengo los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros. Sin dejar de tener sueños, por supuesto.

Recuerdo cuando pusieron en Plaza de España ese paseo de las estrellas... no me hablen de estrellas si no han ido caminando por el Templo de Debod después de una de las magníficas puestas de Sol que esta ciudad ofrece, entre gente que parece haberse escapado de los ochenta. Todos tus rincones tienen sentido, y tus calles música, como si caminara al son de una banda sonora de Morricone. Aunque a veces me siento en el Palacio a escuchar al saxofonista que tan bien sabe tocar Volver.

Gracias, Madrid, por acogerme entre tus brazos de otoño cuando estaba perdida a mi llegada al este de tu cuerpo. Gracias también por esos afortunados encuentros en tus calles Austrias, por dejarme morar en más de uno de tus barrios, por recordarme que Gran Vía es la avenida perfecta para dejar de llorar y avivar, en cambio, mi gallardía.

Supongo, además, que hacemos de una ciudad lo que quiere que esta represente en nuestros recuerdos cuando nuestras sienes plateen. Te aseguro, Madrid, que volveré a dedicarte líneas cargadas de afecto y que serás siempre mi lecho, el cauce en el que acabarán mis más memorables instantes.

lunes, 21 de mayo de 2012

La adversidad de la tormenta

Esta noche, la lluvia reposa sobre los tejados de Madrid,
por encima de una juventud desconcertada por los bancos y gobiernos,
llevándose consigo parte de la polución de esta ciudad tan concurrida,
por la que tantos peregrinos pasamos,
de la que tantos caminantes nos asimos.

Esta noche, la lluvia reposa sobre los tejados de Madrid,
ni los generosos aguaceros han hecho que los civiles se escabullan,
y he podido notar secuelas de la Movida Madrileña:
pitillos desgarrados, carmín extinguido, algún que otro séptum,
y azotadores aires nostálgicos.

Esta noche, la lluvia reposa sobre los tejados de Madrid,
para los desdichados, febril oscuridad de lluvia,
para los amantes, lujuriosa velada de rocío,
para mí y los míos, melódica tarde de repiqueteo en las ventanas,
de luces que se escapan del techo del mundo.

Esta noche, la lluvia reposa sobre los tejados de Madrid,
y te metes en la cama y te preguntas el puto porqué de estar solo en un día como este,
faltan pies fríos junto a los tuyos bajo las sábanas,
falta pedirle a alguien que vuelva al sofá y a la mierda con la calefacción rota.

Hasta que te das cuenta de que lo has escogido tú y te conformas con las gotas que oyes,
porque sabes que no estás solo,
porque sabes que la lluvia reposa sobre todos los tejados de Madrid,
incluido el tuyo.



martes, 17 de enero de 2012

Eso me pasa por leer cosas de Neruda y Luis Cernuda.

De Aranjuez a Madrid en autobús hay un trayecto de unos 45 minutos que hoy he malgastado recitando poesía y prosa poética en voz baja. En mitad de mi sensiblera labor de pérdida de tiempo, he sentido cómo varios ojos se clavaban en mi nuca y otros en mi boca, pues las miradas venían proyectadas desde diversos ángulos.

Nunca me ha gustado sentirme observada en mis momentos de declive emocional, cuando no soy más que un cuerpo que no responde a los estímulos del exterior. Por ese motivo dejé de lado a los "espectadores" y sucumbí a la represión de mis pensamientos para poder, así, hacerlo en privado.

Al bajar del autobús, yo y mi incesante lluvia de malas ideas, nos limitamos a respetar el semáforo del paso de peatones junto a la muchedumbre que esperaba ansiosa a que apareciera la luz verde para poder abalanzarse sobre la carretera y así acudir estresados a cualquier sitio. Como es de costumbre en esta ciudad.
Fue en ese instante cuando se me acercó un chico de voz juvenil y me expresó lo preciosa que pensaba que yo era.
Como si nada hubiera escuchado, caminé hasta mi casa meditando acerca de qué podía ser lo que le hacía pensar a esa persona que yo soy "preciosa". Quizás había sido el singular impulso que me hacía leer poesía en el autobús, o que se me viera con la mirada desorientada y apretando los puños como evitando que algunas situaciones se me escaparan de las manos. Quizás simplemente quería hacer sentir feliz a la chica de los sueños rotos que sollozaba a escondidas en el autobús.

En muchas ocasiones, este tipo de escenas sucede para que aprendamos a hacer balanza entre aquello que merece la pena y aquello que, por el contrario, hay que apartar en un viejo cajón de lecciones. Yo he optado por la segunda opción, y es que son tantos los momentos difíciles en una vida tan corta, que no me salen las cuentas.
Deberíamos decirles a aquellos a los que amamos cuán bellos y "preciosos" son en realidad, pero se nos olvida. Puede incluso que en algún lugar haya una persona esperando a que le digas lo especial que es para ti, que ese momento nunca se presente y que esa persona se marche por pensar que no estuvo a la altura.

O puede que se tenga que conformar con ir recitando poesía en el autobús.
Poesía de algún autor que un día sí tuvo el coraje de recordarle a otra persona lo bella que era.

miércoles, 11 de enero de 2012

"Go on and take it all with my love".

Who wants to run fast as air if no line is at the end?
Who wants to sleep all day if you woke up when everybody slept?
Who wants to meet her lips if she won't fit the mold you're in?
Who wants to get drunk or stoned if life itself is sobering?
Who wants to give up on love if it's what life is for?
If it's where we came from, if it's the wold's core.

Who the hell would give up on love if it wasn't you?
You,
who runs faster than I,
who sleeps and not sees.
You,
under the influence of everything but me,
whose feet are cold but needs no sheets.
You,
who always wins, who loves no more,
who says to know it all but lives asleep.

But the day will come
when you wake up in the twilight
while the lights go off and no sounds are heard,
when your feet meet the cold
and there's nothing but your soul
your heavy heart and eyes alone
noticing that I am gone...

You'll have won again.

You'll have luckily won the ability to open your eyes
for the next worthy passenger
who's not me anymore.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Todos aquellos seres que no sean superhombres, seguid leyendo este post.

Estoy segura de que muchos habéis tenido alguna vez ese sentimiento que tanto escuece y al que podemos llamar de varias maneras. Como esta  es mi teoría y como los que me conocen saben que siempre digo lo que me apetece, vamos a llamar a ese sentimiento "being a little bitch" o, como diría Goyo Jiménez, para los de la LOGSE: ser un perrito faldero. Esta teoría se funda en que "B" (bitch) se enamora de "A" (asshole) y cree, repito: CREE, depender de él. A pesar de que comes, duermes, respiras y caminas sin "A", crees que vives de él. "B" casi siempre se cansa de aceptar solo el afecto excedente y tiende a percatarse de que el dolor no es más que un valor añadido a sí mismo, es decir, madurez y valor que has ganado. O, en otras palabras, estar hasta los cojones y aprender que estás, en realidad, por encima de la situación. Y no, queridos amigos, no dependes de nadie para vivir. Te levantas, cojes tus putas cosas y te largas. Y ya. Que nadie se ha muerto por dar portazos a amores de mierda.

Creedme que, el día en que os deis cuenta de que solo te necesitas a ti mismo y que todo eso que dijiste suena cursi, solamente cuando caigas en lo fácil que es enamorarse y en que has dejado muchas deudas pendientes en tu conciencia, ese día y solo ese, "B" le dará por culo a "A". Y verás lo bien que sienta.
Como dice una amiga: de amor se morían en el siglo XVIII. Así, cuando dejes de ser "a little bitch" y las ideas de "asshole" se te cuelen en la piel, me agradecerás este post.

Y ¿sabes por qué?, pues porque mola ser un superhombre de vez en cuando.

lunes, 8 de agosto de 2011

Lecciones del día a día

Esta tarde nos ha dado por pasearnos por el centro de Madrid (Sol, en concreto), en una especie de pop crawl  internacional que nos ha llevado a conocer las costumbres de diferentes culturas del mundo. Mientras tanto fuimos acercándonos inconscientemente hacia una multitud que se aglomeraba alrededor de una serie de feligreses que compartían el papel de predicadores. La primera chica en subirse al pequeño altar que habían improvisado con maletas de tapa dura, cantó una canción sobre Jesús y demás, cosa que me parece estupenda; el segundo de ellos llevaba su propio traductor para la posible atracción de público angloparlante, y hablaba metafóricamente de cómo nuestra vida era una maleta vacía que nosotros mismos íbamos llenando de cosas buenas o errores. El espectáculo comenzó cuando se subió a predicar una chica de fuerte acento argentino que llevaba en la mano izquierda una cajetilla de tabaco de aproximadamente medio metro que rezaba "Fumar acorta la vida". Empezó a soltar argumentos de cómo las conductas pecaminosas nos llevarían al infierno, y por "conductas pecaminosas" esta pobre entendía el fumar, tener sexo y robar, dándonos a entender que estas tres acciones eran igual de atroces.

Al poco de escuchar todo aquello decidimos dejar de prestar atención puesto que no estábamos de acuerdo con todo aquello que se estaba diciendo. He de decir que aquello no duró más de unos minutos: se nos acercaron dos señoras que intentaban, en cierto modo, conseguir adeptos. El caso es que desde un principio le comentamos que éramos estudiantes y que creíamos en la ciencia y no en la religión, que nos parecía muy bien que miles de personas adoptaran ciertas creencias para dejar de hacer unas cosas o empezar a hacer otras, pero que ese no era nuestro caso. La señora, muy insistente, empezó a comentar que Dios estaba por encima de todo y que el que no creyera en ello y además pecara iría al infierno. En este momento, uno de nosotros le contestó que en el caso de que él mismo asegurara que es una divinidad mayor incluso que Dios, ¿quién iba a demostrarlo?, ¿quién iba a refutarlo?, añadió que la ciencia es la manera de demostrar todo tipo de hechos, y puso como ejemplo el debate entre la teoría de la evolución (que tan reprimida ha sido en ciertos países), y la de la creación. La señora, sorprendentemente, no contestaba a nuestras preguntas sino que seguía exponiendo sus pobres argumentos llamándonos, sutilmente, jóvenes insensatos y pecaminosos.

Me parece, debo decir, que la religión, además de preciosa de estudiar, es una parte crucial de todas las culturas del planeta, tanto artística como moralmente, pero más de un individuo se aprovecha de ella para hacer cosas peores que aquellas de las que se quejan. Es muy subjetiva, no deberíamos acusarnos los unos a los otros de inconscientes si no hay quien demuestre o refute que Dios existe, pero tampoco os molestéis en tratar de unirnos a vuestras "filas" sin un buen argumento, y menos con palabras frías y recias.

Además, yo abjuré hace tiempo de toda religión y, ¿sabéis qué?, no tengo tiempo de ir a rezar con el Papa, que viene esta semana a Madrid y ya sabéis cómo se pone esta gente de insoportable con eso... Y discúlpenme por ello, pero es que no me gusta la gente que habla tan largo y tendido, y encima, en un idioma que desconozco.










jueves, 10 de marzo de 2011

Lista de cosas que me importan una mierda

1. El anuncio que viene detrás de las campanadas de cada 31 de diciembre.
2. Que me cuenten el final de una película, total, es una película. Que no, que no se acaba el mundo.
3. Que en Madrid hagan intentos en vano de hacer una playa. No se puede tener todo, hijos míos.
4. La típica de "te lo dije" que tanto escuece. El que no se equivoca no aprende.
5. Que la Merkel pretenda expulsar de la UE a países como España. Ya quisieras, maja.
6. Que la gente no acepte las nuevas normas de la RAE. No os queda otra, la RAE es la que parte el bacalao, aunque yo me la pase por el forro a veces.
7. Que tu vestido cueste 300 euros. Vaya zapatos más horribles, son todo un atentado.
8. La ubicuidad de los programas del corazón. Si no queréis ver a la Esteban, metéos en «seriesyonkis».
9. Vaya, seriesyonkis está jodida con la ley Sinde... ¡uy!, eso también me importa una mierda.
10. La gente tocapelotas. Ya irás algún día a dejar el currículum en la mesa de aquellos a los que ahora puteas.
11. Lo que digan del 11S que esté fuera de Zeitgeist. Bush: un capullo predecible.
12. Que los gobiernos nos tengan engañados a todos. La ignorancia es la felicidad.
13. La gente que marea la perdiz. No esperes nada y no serás defraudado.
14. Que me digan que soy fría. Es la ley de Neruda: «para que nada nos separe, que nada nos una».
15. La gente a la que no le gusta lo que escribo. A Carlos Salem le sorprendió, por ahí anda su comentario.
16. Todo aquel que no se haya leído El Principito.
17. La ironía seca y cruda que no salga de la boca de Ángel Martín.
18. Los hombres inconscientes. «Si poco a poco dejas de quererme, dejaré de quererte poco a poco».
19. Que me lloren. Si lo haces es porque algo habrás hecho. 
20. Los que leáis este post y penséis que me estoy quedando sin ideas.*




* No os daré ese gusto, he de ir repartiéndolas. Podéis llamarlo estrategia de publicidad para que sigáis leyéndome.


Estratega... me gusta esa palabra.

lunes, 21 de febrero de 2011

Que de amor se morían en el siglo XVIII

- Para hacerle un diagnóstico exacto debe explicarme qué es exactamente eso que insinúa de los «corazones inertes», como ha mencionado usted previamente. Por favor, sea precisa.
- Lo cierto es, doctor, que no me importa una mierda. Sí, y no me mire con esa cara de «he aquí la opinión de la perturbada de turno», me-im-por-ta-u-na-pu-ta-mier-da. Me encantaría que os guardarais esos juegos de palabras tan elaborados y escogidos, que las miradas demoledoras os las metierais por donde más conveniente os pareciera, porque parece ser que esto es un juego de uno y NUNCA hay sitio para los dos. ¿Realmente pensáis que podéis seguir inyectándonos dosis de esponjosas palabras y pretender que no nos resistamos a la agonía resultante?
Vuestra apariencia, más comercial que sexual, he de decir, os hace equivocaros de persona a veces, este es uno de los casos. Así que quitaos las gafas de «hijoputismo» que lleváis para mirar alguna que otra sonrisa ladeada de mujer orgullosa cuando hayáis perdido -no siempre mataba el gladiador al león, y si no, recordad el «juego» instintivo de la viuda negra-. Significa, doctor, que esta es una sensación de alivio, de victoria merecida y de indiferencia que se adquiere cuando nada te puede sorprender ya. Míreme a estas pupilas, negras como corazones podridos que se encogen como puños apretados cuando me sincero, y entérese de que no me importáis lo más mínimo. He aquí mi código ético: nada es imprescindible en esta vida, y, créame, no os conviene que lo olvidéis.

miércoles, 12 de enero de 2011

La noche de las eternas palabras

Fuimos caminando bajo el cielo acostado, observados por el manto de estrellas que se erguía sobre nuestras cabezas y nuestras mentes cercanas.


Nos encantaba el silencio, escuchar la noche y la nada, pero no teníamos tiempo para prestarle atención y no tardábamos más de un abrir y cerrar de ojos en volver a conversar mientras nos dirigíamos, inconscientemente, hacia los vastos edificios de Gran Vía que parecían querer arroparnos con esos brazos de luz que cubrían toda la calle.

Ni si quiera nos dio tiempo de percatarnos de que Madrid es una ciudad que se vacía a eso de las cuatro de la mañana ni de que era tan tarde –o quizá tan pronto- que las baldosas de aquella gran ciudad se rendían ante nuestros pasos que nos conducirían tramposos hacia Plaza de España y, poco después, al Templo de Debod.

Esa madrugada hablamos de quiénes éramos desde los ojos ajenos, y de quiénes éramos en realidad, de los últimos diez años de vivencias y lecciones, de opiniones no tan lejanas al acierto, y de la vida. Esa madrugada hablamos de casi todo lo que importa, y lo hicimos con una complicidad que no hubiera dejado indiferente a nadie, pero los alrededores estaban desiertos.

Aquella fue la noche de las eternas palabras, no porque no acabáramos jamás de abrirnos por dentro, sino porque parecía que ya habíamos tenido esa conversación mucho antes, quizá 50 o 100 años atrás, en otra vida, pero, sobre todo, éramos conscientes de que la volveríamos a tener quizá 50 o 100 años después, bajo el cielo acostado de cualquier otra gran ciudad.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Abandonarse al futuro

Cerrar puertas si vas abriendo ventanas, no está tan mal. Al fin y al cabo, por algún lado habrá que salir, aunque se me dé fatal escalar. Puedo quedarme también dentro de la habitación, bien cerca del calefactor para no seguir tiritando. El frío me duele más en la mente que en los huesos. Necesito irme de aquí; irme de esta ciudad, de estos trenes, de estos espejos.

«Huir» no suena tan atrevido mientras se hacen las maletas, mientras vas por el pasillo y se oyen las ruedas que te siguen y borran el paso. «Huir» no suena tan arriesgado. Hasta que llegas a la puerta y cuentas aquellas cosas por lo que merece la pena quedarse, por las que no te has ido antes. Y mira que tenías ganas. Pero es tu orgullo, esa carga constante, voz susurrante, quien te acusa y empuja. Quien te hace cruzar el marco de la puerta.

Una vez que oiga el sonido de la puerta cerrándose a mis espaldas y recorriendo las paredes a lo largo de la escalera, no me atreveré a mirar atrás: mi último tren me espera y pienso si mirarme al espejo de la entrada del edificio por última vez. No lo haré. Pero sentiré que mi reflejo me mira y agita triste la mano en forma de despedida.

Algunas veces pienso que el aeropuerto de Barajas es un sitio genial para pasar la tarde. Vagabundeando por allí en mis noches eternas esperando algún vuelo, descubrí más de un recoveco interesante con vistas a la pista. En cierto modo parece que esos enormes pájaros de hierro me miran. He pensado en colarme en algún vuelo y llegar a un sitio desconocido y, a poder ser, exótico.

La noche de mi huida no sucederá eso. Sé exactamente a dónde iré. Me sentaré en la puerta de embarque mirando hacia el vasto prado que arropa al suelo madrileño y esperaré. “Pasajeros del vuelo con destino a Nueva York, embarquen por la puerta número…”.

Entonces pensaré que «huir» no suena tan atrevido. «Huir» suena interesante, y yo jamás pierdo un avión.

domingo, 3 de octubre de 2010

Reflexiones: el frío, las paredes y tú.

(13:00)
Hoy hace frío.
Por lo menos más que la última semana.

* * *
(13:32)
No... creo que hace más frío desde el día 26.

* * *
(14:06)
El aire gélido está empezando a colarse por debajo de mi puerta y no me quedan más sábanas bajo las que escabullirme.

No me quedan tampoco más párpados tras los que esconderme.

* * *

(14:18)
He pensado que quizás deba abandonarme al sueño, pero sigo pensando.
No puedo soñar.
Todos mis pensamientos van al techo, al armario, a tu chaqueta.

* * *

(14:23)
¿Te acuerdas de aquellos segundos tirados en el colchón de látex, mirando el techo, hablándonos con las manos?
Yo sí. Sola ahora, sin tu piel ni lista de reproducción eterna.

* * *

(14:35)
Me sobra el frío, el tiempo, la soledad.
Quizá me sobres tú.

* * *

(14:48)
No.
Creo que no.
Me faltan horas y labios.
Sí.
Eso seguro.
Me faltas tú.
* * *

(A todas horas)
Me faltan horas para que tus cálidos pies
se froten con los míos
y se lleven el frío de mi piel.

Frío que no me deja soñar contigo
aunque piense en ti
cada hora que me sobra.

Hoy hace frío.

Hace frío desde que te has ido.

sábado, 21 de agosto de 2010

You don't beg. You don't borrow...You steal.

-Otra vez la misma mierda...
-¿De qué hablas?
-¿Acaso no lo ves?, los mismos pasos, la misma historia, esas esperanzadas palabras que luego se convierten en aire... o en nada.
-Bueno, yo ya te advertí el riesgo que corrías...
-Lo sé. Y no entiendo por qué me creo cada palabra de perdón que me dice. No aprendo.. lo sé ver, pero no reacciono. Joder, que soy un puto inciso en la vida de él, y no se da cuenta... no se da cuenta porque él cree que esto es "grande". Esto es grande cuando me tiene delante; el resto del tiempo lo pasa siendo invisible, impenetrable; no me llama, no me dice lo que necesito oír...-Dice ella dejándose ver por dentro, con los ojos fijos en el teléfono, y continúa- que soy un puto paréntesis entre sus cosas, alguien que sí, que está ahí, pero que no necesita. Y él lo sabe.
-A ver, te quiere, o al menos eso cree él, pero no está acostumbrado a este tipo de relaciones...¿habéis hablado hoy?
-¡Vaya preguntita!
-Vale, lo pillo. Pero, sinceramente, ¿de qué te sorprendes?

Sí... definitivamente esa era la pregunta: ¿de qué me sorprendo?

-De NADA, -dijo susurrando, ya con la voz medio apagada- ese es el problema... que ya no me sorprendo de nada.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Almas: La grandeza de las pequeñas cosas

Él, una vez refugiados bajo la sábana, le aparta a ella el pelo de la cara, como quien abre una ventana al alba y se deja impregnar el rostro por la luz:

-¿Sabes?, cuando estoy contigo me siento como una niña...-dice alzando la mirada al techo mientras sigue abriéndose por dentro-... me gusta que nos escondamos para acariciarnos, y correr por la playa sabiendo que me observas, y buscar tu mirada cuando callamos y no queda nada más por decir, y... ¿de qué te ríes?

-No... no me río, sonrío.

-¿Y a qué se debe?

-A que estoy feliz, -y continúa hablando, tras advertir los interrogantes ojos de ella- a que, efectivamente, eres una niña... una pequeña niña tan pequeña que cabe entre mis brazos y entre mis labios, que confía en cada "todo va a ir bien" que le cuento, que escapaz de colarse por una diminuta rendija de mi corazón... Y eso es tan irónico...

-¿Irónico?, -se ríe- ¿qué es irónico?

- Que yo sea capaz de llamarte "niña"... de decir que eres pequeña.

-¿Acaso no lo soy?

- No, no lo eres. Eres lo más grande que me ha ocurrido jamás.

Y allí, una vez con los corazones al descubierto, abiertos en canal, la noche hizo el resto.
Ellos, ansiosos el uno del otro, se abandonaron a ese gran fenómeno incierto: "pasión", así creo que lo llaman.