No es nada, es un suspiro.
lunes, 21 de febrero de 2011
Que de amor se morían en el siglo XVIII
- Lo cierto es, doctor, que no me importa una mierda. Sí, y no me mire con esa cara de «he aquí la opinión de la perturbada de turno», me-im-por-ta-u-na-pu-ta-mier-da. Me encantaría que os guardarais esos juegos de palabras tan elaborados y escogidos, que las miradas demoledoras os las metierais por donde más conveniente os pareciera, porque parece ser que esto es un juego de uno y NUNCA hay sitio para los dos. ¿Realmente pensáis que podéis seguir inyectándonos dosis de esponjosas palabras y pretender que no nos resistamos a la agonía resultante?
Vuestra apariencia, más comercial que sexual, he de decir, os hace equivocaros de persona a veces, este es uno de los casos. Así que quitaos las gafas de «hijoputismo» que lleváis para mirar alguna que otra sonrisa ladeada de mujer orgullosa cuando hayáis perdido -no siempre mataba el gladiador al león, y si no, recordad el «juego» instintivo de la viuda negra-. Significa, doctor, que esta es una sensación de alivio, de victoria merecida y de indiferencia que se adquiere cuando nada te puede sorprender ya. Míreme a estas pupilas, negras como corazones podridos que se encogen como puños apretados cuando me sincero, y entérese de que no me importáis lo más mínimo. He aquí mi código ético: nada es imprescindible en esta vida, y, créame, no os conviene que lo olvidéis.
miércoles, 12 de enero de 2011
La noche de las eternas palabras
Nos encantaba el silencio, escuchar la noche y la nada, pero no teníamos tiempo para prestarle atención y no tardábamos más de un abrir y cerrar de ojos en volver a conversar mientras nos dirigíamos, inconscientemente, hacia los vastos edificios de Gran Vía que parecían querer arroparnos con esos brazos de luz que cubrían toda la calle.
Ni si quiera nos dio tiempo de percatarnos de que Madrid es una ciudad que se vacía a eso de las cuatro de la mañana ni de que era tan tarde –o quizá tan pronto- que las baldosas de aquella gran ciudad se rendían ante nuestros pasos que nos conducirían tramposos hacia Plaza de España y, poco después, al Templo de Debod.
Esa madrugada hablamos de quiénes éramos desde los ojos ajenos, y de quiénes éramos en realidad, de los últimos diez años de vivencias y lecciones, de opiniones no tan lejanas al acierto, y de la vida. Esa madrugada hablamos de casi todo lo que importa, y lo hicimos con una complicidad que no hubiera dejado indiferente a nadie, pero los alrededores estaban desiertos.
Aquella fue la noche de las eternas palabras, no porque no acabáramos jamás de abrirnos por dentro, sino porque parecía que ya habíamos tenido esa conversación mucho antes, quizá 50 o 100 años atrás, en otra vida, pero, sobre todo, éramos conscientes de que la volveríamos a tener quizá 50 o 100 años después, bajo el cielo acostado de cualquier otra gran ciudad.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Abandonarse al futuro
Cerrar puertas si vas abriendo ventanas, no está tan mal. Al fin y al cabo, por algún lado habrá que salir, aunque se me dé fatal escalar. Puedo quedarme también dentro de la habitación, bien cerca del calefactor para no seguir tiritando. El frío me duele más en la mente que en los huesos. Necesito irme de aquí; irme de esta ciudad, de estos trenes, de estos espejos.
«Huir» no suena tan atrevido mientras se hacen las maletas, mientras vas por el pasillo y se oyen las ruedas que te siguen y borran el paso. «Huir» no suena tan arriesgado. Hasta que llegas a la puerta y cuentas aquellas cosas por lo que merece la pena quedarse, por las que no te has ido antes. Y mira que tenías ganas. Pero es tu orgullo, esa carga constante, voz susurrante, quien te acusa y empuja. Quien te hace cruzar el marco de la puerta.
Una vez que oiga el sonido de la puerta cerrándose a mis espaldas y recorriendo las paredes a lo largo de la escalera, no me atreveré a mirar atrás: mi último tren me espera y pienso si mirarme al espejo de la entrada del edificio por última vez. No lo haré. Pero sentiré que mi reflejo me mira y agita triste la mano en forma de despedida.
Algunas veces pienso que el aeropuerto de Barajas es un sitio genial para pasar la tarde. Vagabundeando por allí en mis noches eternas esperando algún vuelo, descubrí más de un recoveco interesante con vistas a la pista. En cierto modo parece que esos enormes pájaros de hierro me miran. He pensado en colarme en algún vuelo y llegar a un sitio desconocido y, a poder ser, exótico.
La noche de mi huida no sucederá eso. Sé exactamente a dónde iré. Me sentaré en la puerta de embarque mirando hacia el vasto prado que arropa al suelo madrileño y esperaré. “Pasajeros del vuelo con destino a Nueva York, embarquen por la puerta número…”.
Entonces pensaré que «huir» no suena tan atrevido. «Huir» suena interesante, y yo jamás pierdo un avión.
domingo, 3 de octubre de 2010
Reflexiones: el frío, las paredes y tú.
Hoy hace frío.
Por lo menos más que la última semana.
* * *
(13:32)
No... creo que hace más frío desde el día 26.
* * *
(14:06)
El aire gélido está empezando a colarse por debajo de mi puerta y no me quedan más sábanas bajo las que escabullirme.
No me quedan tampoco más párpados tras los que esconderme.
* * *
(14:18)
He pensado que quizás deba abandonarme al sueño, pero sigo pensando.
No puedo soñar.
Todos mis pensamientos van al techo, al armario, a tu chaqueta.
* * *
(14:23)
¿Te acuerdas de aquellos segundos tirados en el colchón de látex, mirando el techo, hablándonos con las manos?
Yo sí. Sola ahora, sin tu piel ni lista de reproducción eterna.
* * *
(14:35)
Me sobra el frío, el tiempo, la soledad.
Quizá me sobres tú.
* * *
(14:48)
No.
Creo que no.
Me faltan horas y labios.
Sí.
Eso seguro.
Me faltas tú.
* * *
(A todas horas)
Me faltan horas para que tus cálidos pies
se froten con los míos
y se lleven el frío de mi piel.
Frío que no me deja soñar contigo
aunque piense en ti
cada hora que me sobra.
Hoy hace frío.
Hace frío desde que te has ido.
sábado, 21 de agosto de 2010
You don't beg. You don't borrow...You steal.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Almas: La grandeza de las pequeñas cosas
-¿Sabes?, cuando estoy contigo me siento como una niña...-dice alzando la mirada al techo mientras sigue abriéndose por dentro-... me gusta que nos escondamos para acariciarnos, y correr por la playa sabiendo que me observas, y buscar tu mirada cuando callamos y no queda nada más por decir, y... ¿de qué te ríes?
-No... no me río, sonrío.
-¿Y a qué se debe?
-A que estoy feliz, -y continúa hablando, tras advertir los interrogantes ojos de ella- a que, efectivamente, eres una niña... una pequeña niña tan pequeña que cabe entre mis brazos y entre mis labios, que confía en cada "todo va a ir bien" que le cuento, que escapaz de colarse por una diminuta rendija de mi corazón... Y eso es tan irónico...
-¿Irónico?, -se ríe- ¿qué es irónico?
- Que yo sea capaz de llamarte "niña"... de decir que eres pequeña.
-¿Acaso no lo soy?
- No, no lo eres. Eres lo más grande que me ha ocurrido jamás.
Y allí, una vez con los corazones al descubierto, abiertos en canal, la noche hizo el resto.
Ellos, ansiosos el uno del otro, se abandonaron a ese gran fenómeno incierto: "pasión", así creo que lo llaman.
martes, 6 de julio de 2010
Haunted.
que el silencio
es también una respuesta
no quiero que te quedes callado;
mirándome... atravesándome los ojos.
No quiero que me hables sólo
con tu respiración acelerada
mientras me ves temblar
y a ti se te escapan los nervios.
No quiero que te calles
por no decirme "esto es difícil",
por no decirme "esto me mata".
Yo, al contrario que Neruda,
no quiero que te calles
"porque estás como ausente (...)
como si un beso te cerrara la boca"...
Aunque en ese caso
dejaría que el silencio fuera tu respuesta.
Porque el beso
es mi pregunta.